lunes, 31 de enero de 2011

Otras odiseas


Alguien debería decirle al astuto Ulises qué solemne ridículo hace mientras le sigue el juego a Atenea la diosa, y se lleva por la mano triunfos ajenos, logrados «bajo su aura sabia y protectora». ¿Piensa este ingenuo que él y ella juegan al mismo juego? Podrá darse por contento si vuelve entero a Itaca y no se va a pique con su barco en una de esas celadas que en ese tablero aún le esperan. Su atenta guía, esa de la lechuza digo, lo mueve a su capricho por las aguas procelosas desafiando al temible Poseidon. ¿Tendrá este cándido que aguantar un lance tras otro hasta ver cumplido el desenlace? A la deriva entre las dos orillas, sigue navegando incansable, tutelado por la sabia Atenea, demasiado sutil como valedora, siempre entre el despecho y el cálculo. Y luego, ante el final, ¿qué podrá reclamar a la diosa, si se ve entrampado en «un lamentable incidente, por completo ajeno a los sagrados planes del Olimpo»? Él cree firmemente que ella lo sacará en volandas, como a un héroe «por los servicios prestados», y camino del Elíseo. Si por una vez pensara en mortal, en poco apreciaría esa astucia, que lo ha hecho aún más tonto y crédulo, subiría a pie hasta el Olimpo y por toda esa peripecia gratuita pediría cumplidas cuentas a quienes le lanzaron al mortal juego sin más propósito que matar su inmortal aburrimiento.

domingo, 30 de enero de 2011

Apunte del natural


Cresta de Leyre desde el Norte
Hablar de nubes a estas alturas, o mejor en aquellas alturas, es por decirlo de forma tajante una simpleza. En mi descargo sólo puedo alegar que no todo el mundo ha llegado a ver lo mismo que yo. No teniendo nada de extraordinario, puede que al contarlo consiga hacer entender qué es lo que me encantó. Ya se sabe que los encantamientos son emociones fugaces, que justo te rozan, pero que, pasado un buen rato, duran igual que el sonido en el diapasón.

No era día para andar por esos caminos perdidos, pero imaginaba que por ahí arriba, por los montes, en medio de la nieve, el ambiente sería diáfano. Y siempre te sientes revivir si te gana esa sensación de pureza. Porque el cielo hoy tampoco ayudaba, estos días ni existe. Incluso las cumbres suelen amanecer disfrazadas bajo un tocado nuboso. A medida que subes, tratas de fijar con la mirada el contorno de la mole, allá a lo lejos, sin llegar a distinguirla entre esos tenues blancos. Por debajo de ella, la ladera se abisma sombría y oscura, vagamente retenida por unos puntos de nieve. Desfigurada y sin su cresta cortante, la montaña sigue teniendo un aspecto sólido, pero sin llegar a ser imponente.

Ese cuadro frustrante aguanta hasta bien entrada la mañana. De repente sin previo aviso, se advierten a lo largo de la cresta tímidas luces que anuncian cambios. Por detrás de ese telón blanquecino el sol va lentamente dibujando el riguroso trazo de su mediodía. Embebidas en esa luz, las nubes comienzan a desvanecerse, dejando en su lugar una confusa madeja vaporosa que ya no logra ocultar las cumbres. Las brumas, todavía presentes, se van despegando del bosque a medida que escapan ladera arriba. Menudean sobre la última línea las manchas luminosas, bajo ellas se adivinan las primeras sombras firmes y se empiezan a reconocer con detalle las alturas. La cresta emerge entonces compacta, como un espinazo armonioso. Poco a poco el fondo amarillento va ganando anchura y se presenta tímido bajo un nuboso ceño, entre pálidos azules.


sábado, 29 de enero de 2011

El viajero fantasma


Plan de viaje para el Rajastán profundo
Como el árbol crezco y crezco, y desde sus altas ramas contemplo tierras y horizontes, aunque por ahí nunca he conseguido ir muy lejos. (Comodoro retirado Tobías V. Miramón, 1829-1896).

Últimamente me ha entrado la fiebre viajera y, a falta de mejor opción, me apunto a los viajes que los demás hacen. En cuanto me entero de sus primeras intenciones evasivas, tomo el asunto entre manos, miro algo sobre sus destinos más apetecidos y casi de inmediato les hago llegar unas primeras propuestas. Sorprendidos, pero no demasiado receptivos; así es como suelen encajar mis ideas, en las que no reconocen mi preocupación ni mi acierto. Entiendo que hay motivos para la sospecha, pero no en un principio, sino cuando más tarde prosigo con mis sugerencias y les adelanto posibles planes, llenos de datos e información que acaso ellos aún no manejan. Que vas a París, no te olvides del Musée des plumes d'oiseaux; que pasas por Colorado, no dejes de subir hasta Fuckwell Rock (4.824 m.) a ver las vistas; que te escapas a Viet Nam, entra sin falta en Qin Pieh en el Templo de los sobrecogidos.

Es normal que con estas insinuaciones un poco invasivas la sintonía personal se resienta y que por un tiempo mantengan sus objetivos en prudente reserva. Les suele asustar, tontamente diría yo, la cruda posibilidad de que les anuncie mi abierta disposición a compartir su carga viajera y a hacerles estricta compañía. Con ese absurdo temor, en esa agonía que generan, acaban negándose el natural deseo de mostrar su ilusión y niegan de paso cualquier reconocimiento a mi generosa experiencia. Deberían permanecer tranquilos y dejar aflorar libremente sus fantasías de fuga, porque nunca se llegará a dar el caso de asistirles físicamente en su viaje. Mi apoyo siempre será de otro tipo, en general desinteresado, si bien tiene algo de control estratégico y estirando competencias hasta logístico. Como favor nunca se paga y lo peor es que tampoco se recuerda. Los recuerdos se fabrican en butaca, como instantes sublimes, gracias a esa colección de horribles vídeos y fotos, siempre en comparsa, en posturas y lugares inverosímiles, ajenos por completo a los planes de viaje cuidadosamente previstos. Ver cómo todo tu diseño queda orillado, qué digo arrasado, por circunstancias más o menos complacientes, produce enorme desazón cuando te sabías, o te creías, mentor espiritual de ese viaje. Ni una despedida, aunque tramitaste el papeleo; ni una postal, aunque se llevan tus mapas; ni un mensaje, aunque les elegiste la mejor mochila;  ni una llamada, porque les reprocharías esos aires peregrinos, aunque también podrías añadir sin acritud algunos detalles indispensables. Sólo fotos y más fotos, que te imponen su presencia allá lejos, donde puedes verlos disfrutando a lo tonto, sin un plan claro de ruta, sin unas previsiones...

Son las cuatro de la madrugada, allí por tanto las diez. Por esta carretera, la IN-276b, que viene de Bunan, si han salido a las ocho, seguramente estarán a punto de entrar en Majaspur. Bueno, ahí tienen nada menos que el Museo de la Metalurgia India y el Patio sagrado de Benchir, con el recital del coro de gurúes a mediodía. A ver si luego consiguen saborear los deliciosos \textit{camchikis}, antes de que amenace la diarrea...


viernes, 28 de enero de 2011

¿Vale lo que cuesta?


Sherwood Forest, lámina original de
Views of the Dukeries, Sherwood Forest and Worksop (1888)
Tras el anuncio por el gobierno británico de poner en venta bosques públicos, un lector de un periódico londinense, parafraseando a Oscar Wilde, no duda en señalarlo como «un gobierno que sabe cuál es el coste de todo, pero no conoce el valor de nada». Su juicio va obviamente más allá de la política forestal y apunta a los inminentes planes de liquidación de ciertos servicios públicos. El asunto sería doméstico si no fuera porque son muchos los políticos que se miran en ese crisol del liberalismo, para poder sacudirse sin desdoro en sus países las cargas fiscales que viene imponiendo la crisis. En el caso de España el juicio aún sería demasiado benévolo, no ya con el gobierno, sino con esos liberales que nos acechan, en los que se confirma, como en sus correligionarios británicos, un desconocimiento supino de valores, que va unido aquí a una imputación de los futuros costes sectaria y nada sabia, dicho de otro modo liquidando sectores enteros de los que nada se quiere saber.

Descrédito del clero escocés


Talisker House (2008),  © John Allan
Hasta la mansión de Talisker, en un apartado rincón costero de la isla de Skye, allá por las tierras altas escocesas, han llegado dos viajeros. Corre el año 1773 y es hoy jueves 23 de septiembre. Tras un intensa jornada de navegación y caminata, despachan con feroz apetito la copiosa cena. Llegada la sobremesa, los viajeros departen animadamente con Mr. Donald MacQueen, clérigo, y Mr. Roderick MacLeod, propietario de la casa. Los viajeros no son otros que el Dr. Samuel Johnson y su caballero acompañante Mr. James Boswell.

Apurando los licores, la conversación comienza pronto a templarse. Entre palabras traídas al vuelo incidentalmente, van considerando sin mayor miramiento un tema tras otro. Nada les cohíbe, pues, a la hora de someter a examen las carencias del clero autóctono, escocés para el caso, y que para mayor escarnecimiento son enfrentadas por el Dr. Johnson a las muy probadas virtudes del clero inglés. Con fogoso énfasis destaca Johnson en los ingleses su elevada instrucción, cualidad que no resplandece, a su juicio, entre los del clero escocés. Llevado a la necesidad de defender en mesa escocesa tan atrevida posición, el Dr. Johnson se aplica al siguiente argumento: «De la misma manera que creemos a un hombre muerto hasta que sabemos que está vivo; así también creemos a los hombres ignorantes hasta que sabemos que están instruidos. Ahora bien nuestra máxima legal es presumir a un hombre vivo hasta que sepamos que está muerto. Claro que, en realidad, se puede responder que antes debemos de conocer si ha vivido; y que nunca hemos conocido la instrucción del clero escocés».

Obsérvese que el argumento, inicialmente desaprobatorio, parece luego concesivo, desde el momento en que da tácitamente por instruidos, en calidad de presuntos, a los clérigos escoceses. Sin embargo, acaba con un desenlace inesperado, al reclamar en un último giro acusativo la existencia de algo que pudiera haber sido previamente conocido como instrucción entre el clero escocés. Con esa petición de fe empírica para una cualidad, la instrucción clerical escocesa, sin la necesaria confrontación en posibles sujetos, pienso que el argumento sólo puede ser falaz, aunque lo bastante fino como para merecer el encendido elogio de la mesa. Es probable que, pese a su reputada sutileza, ni el mismísimo Duns Scoto —por alusiones al clero escocés— hubiera podido rebatirlo.


jueves, 27 de enero de 2011

Miniaturistas y portulanos


Bajo el halo de misterio con el que se han empeñado en envolver el Kitab-i bahriye (Libro sobre navegación) de Piri Reis, están los maravillosos portulanos y mapas que lo ilustran. Para explicar toda esa intriga habría que recordar simplemente que este atlas náutico incluye un mapa del contorno costero oriental del continente americano datado en 1513, con información del mapa trazado por Colón en sus viajes y con vagas alusiones a mapas anteriores. Esto ha desatado toda clase de especulaciones, dejando en un segundo plano los casi 300 mapas restantes del atlas que dan una descripción exhaustiva de las islas y costas del Mediterráneo, con especial atención al área de influencia otomana.

Si ya el contenido ha sido soslayado por las especulaciones sobre el origen del mapa americano, qué decir de su primorosa ejecución, obviada quizás por ser un inoportuno  reflejo de otra cultura y tradición. Teniendo en cuenta su enorme interés artístico, es poco realmente lo que se ha hablado del delicado trabajo de los iluminadores turcos que dieron cuerpo a esta obra monumental. Con sólo ir repasando las sucesivas hojas calibraremos el tamaño de la injusticia,  y descubriremos de paso las múltiples facetas y técnicas que dan aliento creativo a esta tarea y de la que resultan unas láminas verdaderamente deslumbrantes.

Puerto de Brindisi
En general, los mapas antiguos rescatan algo de nuestra ingenuidad, y la imprecisión de su contenido (intolerable para los parámetros actuales) se compensa con el desenfado y el tono abiertamente descriptivo que los informa. Lo normal, por ejemplo, es que sus elementos y accidentes geográficos apenas se muestren simbolizados y que se ofrezcan reproducciones de puertos, plazas y accidentes en miniatura. Se tiende, por tanto, a actuar atendiendo más a la concreción que a la abstracción. Una fortaleza costera, como las de los puertos de Brindisi y Ancona, no quedará elípticamente representada por una letra F, sino con los detalles más o menos fabulados a partir de los aportados por su observación directa.

Fortaleza y puerto de Ancona
Aunque la factura de los mapas (contiene entre otros los de El Cairo y Venecia) es puntillosa y bastante pintoresca, quizá sea en los portulanos donde mejor se ve cómo la creatividad puede unirse al capricho para lograr maravillas. Al emplear como técnica básica la iluminación de manuscritos e incorporar, además de los elementos náuticos, textos, imágenes y otros detalles geográficos, los iluminadores vienen a proseguir con el enfoque cosmográfico que caracterizaba los trabajos de la escuela mallorquina. De los autores reales de la obra apenas queda constancia. Orhan Pamuk les rindió implícitamente homenaje en su novela Me llamo Rojo, donde viene a reflejar el mundo en que se desenvolvían los miniaturistas de la corte otomana a finales del siglo XVI.

Con independencia de su origen, hay rasgos que marcan con un estilo inconfundible las páginas de este atlas. Podemos considerar, entre otros, el dibujo de las rosas de los vientos cuya gama resulta casi interminable, con profusa alternancia de trazos, de dorados y de coloridos. Ese mismo recurso al color es también el favorito a la hora de reflejar las cadenas montañosas del interior, que suelen aparecer engranadas como una cadena multicolor de pequeños cerros, lo que les concede un toque llamativo y singular. Hasta el propio dibujo de las líneas de costa llama la atención, no sólo por el realce colorido con el que se ofrecen, sino por el gusto manifiesto en hacerlas curvas, atendiendo a criterios artísticos bien alejados de los que las reducen a poligonales y que pasarán a ser convencionales en las cartas posteriores. En realidad, la pérdida de todos estos y otros rasgos significativos llevará las cartas de navegación a un punto en que la simbolización, y la consiguiente precisión, se impondrán a costa de los amagos artísticos.


Posdata: * Kitab-i bahriye (Libro sobre navegación) (s. XVI-XVII), Piri Reis, 
Copia manuscrita iluminada, The Walters Art Museum, Baltimore.

miércoles, 26 de enero de 2011

En tecnicolor, mejor


La marca decisiva sobre las historias venía siendo la cronológica. Corren tiempos en que, cada vez más, se les impone un sesgo cromológico que empuja los finales, según criterios aparentemente espectrales, hacia el frígido violeta o hacia el tórrido rojo. Con esa deriva hacia lo mustio o hacia lo alegre que marca el relato, el tiempo ha dejado de ser un factor ineluctable, hasta para la Historia.

Política de coto


A vueltas con la tradición —de la liberal hablo— este coto político se sigue reinventando una y otra vez como el dominio montaraz del espíritu. Aquí nunca valen las leyes de la física. La reacción nunca busca el equilibrio frente a la acción, sino su anulación y, llegado el caso, su eliminación, espiritual por supuesto.

martes, 25 de enero de 2011

Abierto pero etéreo



Son muchos los que plantan en el blog su escritura como el que espera algún tipo de cosecha o que sus ideas fermenten en el éter, normalmente en vano. Otros, sin embargo, nos vemos más bien levantando algo parecido a una ciudad fantasma. Bien es verdad que ciudades las hay de muchas clases, tantas al final como sus visionarios. Hay, por ejemplo, gente que las prefiere luminosas y alegres, repletas de reclamos y fórmulas de acogida para los curiosos. Hay otros que hacen en ellas gala de su devoción técnica y las inundan de cacharrería y otros efectos. Y están, por último, los que optan por dar cabida a una forma de ser, a un estilo, a su ambiente, por muy oscuro e irritante que parezca. Es de ley natural y urbana que la ciudad, a medida que crece, se abra a tierras y paisajes variopintos. Pero, a pesar de la apertura, son esas últimas ciudades tan intrigantes las que inevitablemente encuentran problemas para cuajar. Dicen los que las visitan que en ellas se ven sometidos a un extraño juego de señales y  guiños, lo que les genera un incómodo desasosiego. De nada vale que su arquitectura sea amable, su factura más o menos impecable, sus calles rectas y sus plazas ajardinadas. Como tocada por un maleficio, sus solitarios visitantes temen ir más allá de la sorpresa con la entrada en dudosas aventuras. A los que a fuerza de coraje se han convertido en vecindario, la rutina del paseo les ha ido disipando esas incertidumbres. Por si no bastara, a todos ellos les queda el recurso extremo de volver su mirada socorrida allá a lo alto, donde se erige la altiva figura del campanario. A diario se asoma a su balconcillo un duende burlón, que parece empeñado en mover sin tiento su campana y convocar a fiesta con el repique, sin mayor aliciente que el anuncio de nuevas lecturas y calenturas.

lunes, 24 de enero de 2011

Topología capilar



Cuesta creer que haya algo serio tras el nombre de Teorema de la pelota peluda, aunque peor sería nombrarlo por duplicado. Ahora bien, si quieres enterarte de porqué, incluso yendo bien repeinado, los remolinos persisten en tu cabeza, deberás de prestar atención a lo que proclama este teorema. En crudo, tal como lo muestra Mathworld por ejemplo, diría algo así como: «No existe un campo de vectores tangentes en todas partes no nulo para la 2-esfera S^2». Y añade, a modo de ejemplo, para mayor aclaración: «Esto implica que en algún lugar de la superficie de la Tierra, hay un punto con velocidad horizontal del viento nula. El teorema puede ser generalizado con el enunciado de que la n-esfera S^n tiene un campo vectorial tangente no nulo si y sólo si n es impar».

Este resultado pertenece a una saga matemática de resonancia, la de los teoremas del punto fijo, inaugurada por Brouwer en 1912. La esfera tiene cualidades topológicas —así se llaman— que determinan esa propiedad. Asombra, y hasta da envidia, saber que de tener  la cabeza con forma de toro (algo así como un donutz) nos peinaríamos de un tirón y sin problemas. Los más esperanzados sostienen que este tipo de alambicadas superficies, cuyas características topológicas muestran signos  de superación evolutiva respecto de nuestros defectos de fábrica, vendrían ya de serie en las velludas cabezas de nuestros hermanos extraterrestres. Nosotros, peine en mano, tendremos que esperar a evolucionar. O eso o mejor todos calvos.


domingo, 23 de enero de 2011

El niño del olivar


Olivar de Monjardín
Cuando el día pinta un poco gris, tiendes a bajar los ojos rendido por el escenario opaco y algo temeroso ante lo que tienes encima. Pero, si al mirar a tu alrededor te ves en medio del olivar, no puedes menos que animarte. Al abrigo de las vistas, con los pies anclados en tierra y bajo un techo plateado, te sientes como si te recorriera un vertiginoso canal de corrientes impetuosas. En ese estado podrías dejarte elevar hasta vagas alturas, allá donde nadie cuenta las horas. Suspendido en el tiempo, lo que abajo sucede comienza a parecer un juego. Desde lo alto ves llegar a un niño que pasea entre los olivos con su cesto y que ágil se encarama para coger lo que ya todos desdeñan. Hace poco que varearon aquí la aceituna y se respira un profundo sosiego tras la marcha de los aceituneros. El ramaje aún exuberante y frondoso te envuelve con fragancias húmedas y apagadas. Si además cierras los ojos, crees estar acudiendo confiado al regazo de tu nodriza. Sin embargo, el rumor que el viento levanta invade poco a poco el remanso y va trayendo en oleadas pájaros peregrinos de mirada curiosa, largos picos y estridente plumaje. Llegan a ti como un espectáculo exhausto, aunque se insinúan solícitos en ese pícaro juego de hacerte niño. Tú sigues ahí plantado en medio del olivar, como el del cesto que ofrecía sus olivas a manos llenas, con los brazos extendidos, rodeado por una ruidosa turba de pájaros. Y a medida que revoloteaban y se posaban, se iba viendo vestido con un nuevo y colorido traje de plumas. Le llenaban después los oídos sus cantos y zalemas, y hasta le contaban las aves de sus angustias y fatigas. Al final, quedaba entre ellas prendido y emplumado como un dócil ángel, como un talismán, al que amagaban con llevarse en vuelo a su paraíso. Y ahí es cuando observé, ya casi despierto, cómo al verse perder pie, echó el niño la vista al suelo. El musgo tenaz aguantaba firme el envite, como si el ángel necesitara de un último impulso para abandonar su olivar camino del paraíso. Algo ahí se le resistía, porque alguien le hizo saber que jamás volaría, que en el cielo nadie habitaba y que de esas ramas, a no tardar y en menos de un año, volverían a colgar las aceitunas.

sábado, 22 de enero de 2011

El ciberoráculo



No es mío el palabro del título sino del redactor de un rotativo. En la noticia que lo encabeza* se nos habla de un proyecto científico que ya en sus preparativos empleará a unos 150 esforzados investigadores, a pleno rendimiento. Lo dirige el profesor suizo Dirk Helbing, experto en simulación del comportamiento de peatones. El propósito es en verdad ambicioso y de indudable tono oracular: «Es hora de revelar los procesos y las leyes ocultas que transforman las sociedades a través de un trabajo conjunto, y un esfuerzo multidisciplinar a gran escala». En los viejos tiempos, sacar del confuso magma la piedra filosofal era el sueño de cualquier alquimista, pero afortunadamente ahora ya no hablamos de eso, hablamos de comportamientos, de modelos y sobre todo de ordenadores.

Se echarán a andar tropecientos mil —póngase una cifra cegadora— ordenadores y sobre ellos cabalgarán hipotéticos modelos de simulación de la actividad terrestre, con el fin de ver si de ese modo, en ese juego, damos de una vez con el ojo oracular, con ese punto desde el que se ve todo todo. La jerga proyectista viste el viejo muñeco con su ropaje convencional:
«Necesitamos desarrollar modelos realistas que reflejen toda la gama de posibles eventos futuros, la probabilidad de que ocurran dado el estado actual del mundo y qué hará que una posibilidad u otra sea más probable. Con esos modelos podemos dibujar conclusiones útiles como qué acciones favorecerán situaciones positivas y qué medidas frenarán o atenuarán el desarrollo de problemas eventuales, como crisis económicas y desastres».

Encomiable, pero merece la pena contrastar esa apelación al realismo y al estado actual del mundo que encabeza la parrafada con las tímidas especificaciones que le siguen. El flamante objetivo es de propósito universal y determinista, pero condicionado a un estudio de posibilidades, a la nitidez de un dibujo, al esclarecimiento de lo que positivamente nos favorece o al hallazgo de atenuantes de problemas. No parece que se pueda ir a un objetivo tan rotundo con ese despliegue de ambigüedad. El proyecto parece afincarse, con firmeza eso sí, en esa nueva alquimia computacional impulsada por la fuerza bruta, que se controla y predica a través de una teoría de modelos, cuyas probabilidades de desviación suelen ser desconocidas.

Todo esto recuerda a la época de comienzos del XIX y a la ola de euforia determinista desatada con la culminación de la mecánica newtoniana. Décadas después, las leyes de la termodinámica y la mecánica cuántica nos sacaron de aquel sueño. Conviene recordarlo, y de paso recordar la bien conocida, pero pertinente al caso, ensoñación en la que Laplace quedó entonces sumido mientras contemplaba la naturaleza:
«Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de todos los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos».

Aún no contamos con esa ley, fórmula o modelo, pero a cambio hoy disponemos, según nos informan, de potentes ciberojos. Con ellos la tarea de formular un oráculo se reduce, por lo visto y por su penetrante visión, a fijar con atención el objetivo y a partir de ahí programarlo. Como siempre, en estas batidas en tierra incógnita atrapamos y mostramos grandes ilusiones, mientras se nos escapan por nimias las verdades.

Posdata: *Un ciberoráculo para vaticinar las crisis, Javier Salas, Diario Público, 22/1/2011.


viernes, 21 de enero de 2011

Mínima 33


Explorar en lo negativo es tarea ardua y dolorosa, pero quizá te salga más a cuenta pagar tus errores al contado que vivir a crédito de una verdad cuyo plazo desconoces.

jueves, 20 de enero de 2011

La Folía de España


Antonio Salieri (1750-1825)
Para cuando Antonio Salieri compuso sus 26 variaciones orquestales sobre la Folía de España la nómina de músicos que había trabajado el tema era nutrida y en ella se encontraban muchos de los ilustres. Algunos, en los inicios del barroco, aprovecharon este tema popular incidentalmente en sus cantatas y suites, en tanto que a otros les sirvió para poner a prueba la musicalidad de un instrumento y encumbrarlo hasta el virtuosismo. Y es así como la melodía va pasando de las sonatas da chiesa barrocas a las formaciones concertadas clásicas. Algo de fascinante debía tener esta folía, esta locura, que inspiró a músicos tan distintos como Corelli, Vivaldi, Lully, Marais o los Bach.

A las variaciones de toda esta gente se les puede dar cabida comparada con el resto de su obra, bien conocida además y muy presente en las salas de conciertos. De Salieri no puede decirse lo mismo. Su estima avanza hoy muy lentamente por el estigma de apestado e intrigante que ha arrastrado durante décadas y que casi lo había desahuciado. Para redimirlo hay que calibrar, a sus 65 años, el reto que se imponía variando sobre un tema tan conocido, que por brillante y fecundo no dejaba de ser también manido. Fue su última obra, pero lo importante es que con ella Salieri consiguió dar medida del dominio orquestal legado por el clasicismo. No es lo mismo el reto de un formidable orquestador y maestro en la cima de su oficio que los desafíos orquestados por un ímpetu genial y juvenil. Con esto debería bastar para evitar comparaciones. No, no es la sinfonía Júpiter. Se trata, sin embargo, de una obra con un poso muy sólido. Lo que con las variaciones se propone como juego de facetas, pronto se convierte en un espléndido estudio de matices y timbres, y  acaba concluyendo como un ejercicio magistral de declamación y equilibrio instrumentales.

Sólo hay que escuchar el comienzo, humilde y serenísimo, ver cómo ganan el fondo de la escena contrabajos y violoncellos, cómo van irrumpiendo los ritmos de llamada y respuesta, cómo van oscilando los volúmenes y alternándose las sonoridades, oír al arpa frágil cuando se rinde a los acordes tremendos, oír cuando por allí pasa el revoloteo de flautas, cuando el violín se queda solo con el tema, cuando se trae de vuelta a las cuerdas con sus voces, esperar a que resurjan del silencio los metales, a que vuelva el eco de trombones con su trío, todo llevado por esta locura, que sigue y prosigue inagotable.



El tema y las cinco primeras variaciones.
XXVI Variazoni sull'aria La Follia di Spagna (1812), Antonio Salieri
Philarmonia Orchestra, Pietro Spada, ASV 1996.


miércoles, 19 de enero de 2011

Decir con sentido


Que se muestre terminante y categórico, eso es lo que se espera de quien larga sentencias. Y sin embargo, cabe suponer que quien con esa soltura dicta vive, como el resto, sembrado de acuciantes dudas. Dudas que salva, dudas que oculta, dudas que envuelve, convencido de que lo que queda por escrito es sin más lo que se afirma. Pero ¿es posible afirmar apoyándose en un estado de ánimo incierto? No sólo sabemos que es posible, sabemos que es bastante común. Los más estrictos encontrarán paradójico ese ejercicio de afirmación en lo inestable, pero la mayoría hacen con él un uso terapéutico sin reparar en que la verdad que establecen busca simplemente afirmar su ánimo. ¿Se puede, entonces, proyectar ese estado incierto en solemnes afirmaciones? Y si es así, ¿cómo podemos reconocer su valor general, si es que lo tienen?

Sí, son demasiadas preguntas para quien quiera ser terminante y categórico. Eso mismo me dije cuando intentaba conjugar «lo que se dice» con «lo que se siente». Pude haber dictado una admonición ventajosa con algo así como «Si no dices lo que sientes, siente al menos lo que dices». Pero por hacer rotunda una aseveración como esa, abierta de por sí a demasiadas dudas, no iba a cobrar más sentido ni a ser más certera. La divisoria entre lo que en ella se decía y lo que sentía me acabó pareciendo como una trinchera confusa donde competía conmigo mismo para intentar sacar la cabeza lúcida. Y pensé que de afirmar algo, haría que esta vez cobrara sentido con mi perplejidad y mis recelos, más allá de lo que se fija y expresa dentro del entrecomillado, como una forma de hacer sentir lo que digo y no acabar callando lo que siento.

Releo, y me quedo bastante confuso: no sé si por dicho aquel dicho es ahora más cierto, no sé si corrigiéndolo me desdiría de lo dicho y tampoco sé si mejorado y redicho lograría ser más directo y explícito. Esperaré a verlo más claro otro día, confirmado o desmentido. Acabo, como los británicos, pidiendo excusas por haberme sacudido esta molesta sensación de zozobra y haber puesto en riesgo de contagio a quienes llenos de paciencia hasta aquí han leído.


martes, 18 de enero de 2011

Cabeceo público


«Fue una velada agradable, con gente muy divertida, inolvidable»
según confesión de uno de los premios Nobel
Para lucir galones académicos en una buena mesa y llegar como triunfador, y bien alimentado, a los postres, todo el truco está en tu cabeza. Muéstrala despejada y altiva, que a todos agradará verla, esperando ansiosos de tu boca una palabra siquiera. Te atraerán con lisonjas y te citarán con intrigas. No entres en esas, mejor que te lleves bocado y evites retos o polémicas. Si te pillan de vacío, échate un buen trago y das luego un «sí» mirando al plato ensimismado. Por repetida no será menos acertada esa misma aprobación cuando llegue lo suculento en asados y pepitorias. Eso es lo importante, que con naturalidad asientas como el que cabecea y cabecees como el que asiente. Incluso dormido, mejor si despierto, poco importa que sigas mudo si te muestras de sano apetito y de cabeza removida. Ya te lo dije, ahí en la cabeza está el truco, no vayan a pensar los que pagan el convite que con ella sólo piensas.

Arranque y freno


En arrancada crees saber hasta dónde puedes llegar, y por eso no llegas; en frenada sabes hasta dónde no debes llegar, y entonces llegas. Conclusión: Si crees que puedes, piensa que no sabes y si sabes que no debes, piensa que no puedes.

lunes, 17 de enero de 2011

El ermitaño y sus benditos monstruos


Dämonen peinigen den Hl. Antonius(1520), Niklaus Manuel Deutsch
Kunstmuseum Bern
Más que mostrar, la tabla del pintor suizo parece celebrar plásticamente el atroz acoso de la virtud, al colocar al desvalido Antonio a merced de los demonios en medio de una tremenda  y concurrida parafernalia. Cuesta distinguir la figura del ermitaño entre toda esa jauría infernal. Todo el movimiento desplegado en torno a él apenas parece afectarle. Se le ve a punto de venirse abajo, sin mirada y levemente genuflexo, el tronco rígido, como si hubiera sido derribado de alguna peana. No hay signos de oposición y lucha, y menos de agitación interior. Toda la violencia se fía a la imponente galería de monstruos que le rodean.

Difíciles son de explicar las tormentas del espíritu, pero poco se aprende de ellas cuando se les da como en este caso el mismo tratamiento que al martirio. Seguramente la pedagogía cristiana, que impregna estos cuadros de inicios del XVI, no era  aún proclive a introspecciones y era más socorrido recurrir al ejemplar castigo físico, del que la Edad Media había dejado en pintura una amplia gama de registros. Si pensamos que las propias tentaciones de Jesús nunca tuvieron iconografía, si pensamos que el tormento interior era en la tradición bíblica una aflicción propia de profetas y endemoniados, no extrañará que falte una doctrina visual con la que mostrar al hombre interiormente desgarrado, al hombre que trasluce dudas, ansiedades, remordimientos... La fragilidad del solitario que en cada uno de nosotros habita no es la de este ermitaño impasible, la de este héroe estoico, que más parece humillado que dolorido ante el rapto de sus sentidos.


domingo, 16 de enero de 2011

Aquellos caballos



Sólo Incitatus, el famoso cónsul de Bitinia, y quizá algún otro caso del que no tenemos noticia, llegó a recibir honores de tanta categoría entre los de su especie. Aquel vencedor imbatible de las pistas, recibió de Calígula toda clase de regalos y ofrendas. Para Incitatus construyó caballerizas de mármol, rodeadas de estanques y jardines. Cuando ya todo le parecía poco, en su delirio amoroso, el emperador ofreció al caballo hispano el gobierno de la lejana provincia. Comparado con aquellos excesos, lo que por aquí he visto es mucho más modesto. Para empezar, la caballeriza, hoy bodega vinícola, es un sólido pabellón de ladrillo caravista, un lujo bastante razonable. Pese a encontrarse en las traseras de un complejo palaciego, el interior se mantiene dentro de la sobriedad. Al exterior la fachada se presenta exenta de vanos y ventanas con tan sólo una puerta. Sobre el dintel de entrada campea la amable testa de nuestro héroe flanqueada por otras dos algo más toscas. Nada se dice de quien mereció tal homenaje. El mármol muestra algo inquieto al corcel, que ha decidido sacar el testuz y no verse atrapado con el halo de santidad que la hornacina lo envuelve. No quita para que fuera un caballo bueno, quizá hasta santo. Lo veo igual más de trote que de pose, puede que hasta algo zascandil y difícil de entrar al lazo. Y, sin embargo, mira por dónde ahí lo han dejado, quieto, como para ser recordado. Bueno, tampoco sabemos, pero ¿y si éste llegó también a cónsul en esta alejada provincia del imperio? Hubiera sido interesante conocerlo, porque de los actuales cónsules no desmerecería.

sábado, 15 de enero de 2011

La Habana y sus columnas


Edificio Miller, Vía Blanca 4840, La Habana.
Ojeo las fotos de una reciente edición de La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier. Prefiero no preguntarme qué sostienen, sino cómo se sostienen aún todas esas columnas tan firmes, silenciosas y orgullosas. Las imágenes me traen recuerdos, al contemplarlas vuelven a mi mente aquellos palacios y fachadas fascinantes, a veces retocados como golosinas turísticas, las más arruinados por la desidia administrativa. Nada parece haber cambiado demasiado. Subidos a lo alto de ellas, igual que Simón el Estilita, no cesan los habaneros de intentar avizorar su futuro, siempre cegados por un impasible sol de fuego.

Hace mucho que la columna, dice Carpentier, se convirtió en una constante del estilo habanero. Es verdad, La Habana, como él recuerda, «es la increíble profusión de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas, selvas de columnas, columnata infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía, columnas que, por lo demás, al haber salido de los patios originales, han ido trazando una historia de la decadencia de la columna a través de las edades».

Aunque ajena al juicio de Carpentier, esa salida de las columnas de su patio original para convertirse en testigos de la decadencia,  suena a broma histórica, si no fuera sobre todo una cruel y amarga ironía, , o un éxodo parabólico y no del todo arquitectónico. Asentada en ese encolumnado paisaje de vigías, La Habana sigue absorta en su crepúsculo,  cada columna le devuelve a tiempos y amores pasados, mientras entre todas la mantienen en el aire suspirando con
melancolía.

viernes, 14 de enero de 2011

Episodio agridulce


Tumbada, con la mirada en el techo y su cabeza soñadora apoyada en el brazo, ella se deja ir en un suspiro mientras le confiesa: «Lo que llegas a conocer con un beso…, al principio te parece agrio, pero luego se vuelve dulce y sabroso, es un regusto picante que te queda, algo como entre fresa y menta». Apoyado en el cabezal, impasible, él da una profunda calada al cigarrillo. Se levanta entonces envuelto en humo, sin mirar atrás siquiera. «A mí de todo esto» dice señalando la cama, «no se me ha quedado más que el gusto». Y aún añade socarrón: «Tendré que esperar a ver si me viene ese regusto». Apaga el cigarrillo en la mesilla y entre risas se va vistiendo. «Ya te contaré si me sabe a fresa» le suelta al llegar a la puerta. Suena detrás un insulto, pero ni se vuelve. Tampoco se despide, sólo levanta la mano como el que se lleva un triunfo.

Paseo arbolado


Solos (2010), H. Hernández
Esta mañana con luces aún inciertas llegaba caminando al trabajo en medio de una espesa niebla. En las cercanías del riachuelo, después de ascender la empinada cuesta, toca recorrer un largo paseo arbolado. Sin hileras ni perspectiva, los árboles aguardaban medio difuminados, acallados por las brumas. Mis ojos parecían reconocerlos. Al pasar al lado de cada uno, se me iban lentamente presentando con aspecto de criaturas afables, un poco desconcertadas también, y tan raquíticas en esta época que parecían en busca de auxilio o de acogida. ¿Qué podía yo decirles? Al ir dejándolos uno a uno detrás, erguidos en toda su tristeza, los árboles quedaban inmóviles, sumidos en una nueva y larga espera. Algunos hubieran querido acompañarme y seguir mis pasos, por monótonos que fueran. Pero no hubo ocasión, pronto me perdieron de vista a medida que tras de mí se iba cerrando celosa la niebla.

jueves, 13 de enero de 2011

A las pruebas me remito



La carga de la prueba es del que afirma una tesis, la valoración es de quien ha de sopesarla y el criterio para juzgarla depende de la claridad argumental con que se presente. Esto en teoría, porque la claridad, junto con la distinción, es doctrina para algunos demasiado cartesiana, sustituible sin reparo por analíticas peregrinas, con muchos números y cómodas etiquetas.

Le pasó al eminente Andrei N. Kolmogorov en sus verdes años, allá a comienzos del siglo XX. Iba para historiador y con esa intención presentó al profesor Bakhrushin, su mentor, dicen que un apasionante y ajustado estudio sobre el sistema de tributos de la Novgorod de los siglos XV y XVI. Cuando Kolmogorov solicitó a Bakhrushin su opinión, y con ella la aprobación para sus conclusiones, éste le respondió: «Joven, en historia necesitamos al menos cinco pruebas para cada conclusión». Visto lo pantanoso del terreno en que navegaban sus esfuerzos, al día siguiente decidió dedicarse a las matemáticas, donde bastaba con una única prueba para ganarse avales.

No obstante, tanta economía de recursos también tiene sus efectos. La sequedad argumental hace que inevitablemente la valoración acabe viéndose empañada por cualidades ajenas a la estricta lógica. Paul Cohen, que demostró a mediados del siglo pasado uno de los teoremas básicos en Fundamentos de Matemáticas, se lamentaba así al recordar los juicios que siguieron a la presentación de su prueba: «Al principio cuando se presentó, alguna gente pensó que estaba mal. Después se pensó que era extremadamente complicada. Después se pensó que era fácil. Pero claro es fácil en el sentido de que hay un idea filosófica clara». Es natural que en esa línea final, conociendo el interés de algunos colegas en llamar trivial a lo que no se digiere, se resistiera y que apelara a la claridad filosófica para que su logro no quedara banalizado como fácil.

No es de ahora esta tensión entre lo trivial y lo fundamental. Siempre ha existido ahí una frontera especulativa que se extiende a la que existe entre lo difícil de demostrar y lo exento de demostración. Con ella tuvo que lidiar el propio Aristóteles en su Metafísica a propósito del principio de no contradicción. Amontonó argumentos que mostraban la pérdida de consistencia de todo razonamiento cuando se aceptaba como válida la contradicción de juicios. Evitó, sin embargo, una prueba directa del principio, porque acabaría remitiendo a algún otro principio aún más fundamental. Para descartarla apeló a un rasgo del pensamiento compartido, un rasgo propiamente cultural. Según Aristóteles, el conocimiento que en ese pensamiento compartido germina carece de apaideusia, dicho de otro modo el propio contexto permite conocer lo que debe ser demostrado y lo que no.

Quizá parezca un recurso confuso o un argumento redundante apoyarse en un rasgo cultural del pensamiento. Pero tratándose del último recurso podría ser de interés imaginar qué efecto cultural tendría la apaideusia. Para algunos educadores imaginar esto ya no es necesario, porque ya está aquí. Los primeros indicios apaidéuticos, bien visibles en el desinterés cada vez más manifiesto por las pruebas formales, nos advierten de que estamos ante una amenaza grave de aculturación. Esto podría concretarse en una nueva cultura, ajena a aquel rasgo, que daría paso, para evitar la sobrecarga de la lógica, a la sustitución sin reparo de lo fundamental por lo trivial.


miércoles, 12 de enero de 2011

Altura moral


Tomado de blogs.rpp.com.pe/laflecha
Si por irme por las ramas me hacen moralista, allá ellos. Me queda únicamente la intriga de saber si me siguen por la rama de Sócrates, por la de Kempis, por la de Montaigne o por la de Calvino. La verdad es que no acierto a verme en una sintonía moral declarada, ni tampoco componiendo por allá arriba una virtuosa sinfonía para el hombre bueno. No me he subido al árbol para hacer de apóstol, sino para explorar un poco las alturas y desde allí intentar ver más lejos. Y una vez allá arriba, a nadie debería de extrañar que me pasee una y otra vez por cualquiera de sus más ilustres ramas, o mejor por las más retorcidas.

martes, 11 de enero de 2011

Mínima 32


Para que la violencia no sobreviva, se necesitan soluciones justas, no victorias inútiles.

Naturaleza íntegra


Grizje boom (1911), Piet Mondrian
Gemeentemuseum, Den Haag.
Que vea un árbol o que vea un asesinato no debería tener el mismo efecto. Sin embargo, algo se invierte cuando a esas percepciones les añadimos un contexto. El árbol: una soleada mañana de primavera elevándose majestuoso y sosteniendo un mundo de frondosas ramas desde las que no cesan de llegar trinos y llamadas. El asesinato: el boletín de noticias aporta imágenes de los últimos disturbios en el extrarradio de una pequeña ciudad africana en la que un hombre al entrar en un almacén de suministros fue abatido. Ambas visiones se repiten a lo largo del año, son igualmente reiterativas. En la primera siempre creemos encontrar novedades con las que apaciguamos nuestro malestar y para las que no necesitamos desvelar causas. En la segunda vemos siempre el cuadro sombrío de esa pobreza que íntimamente rechazamos y cuyas causas, siendo honesto, se dirigen directas hacia nosotros. La visión del árbol inspira con su armonía un bienestar accesible y liberador, la del asesinato transpira ruidosa en una atmósfera opresiva y culpable. La naturaleza amable puede sedarnos y hacernos soportable esa otra naturaleza despiadada. Sin embargo, todos los animales y hasta las plantas, el universo entero sabe lo que los humanos parecemos empeñados en ignorar: ambas naturalezas son la misma. Nos creemos libres de elegir la versión más evasiva, cuando sólo es cuestión de tiempo y lugar llegar al convencimiento de que también su vertiente cruel la recorreremos íntegra. Ahora que es época en que se ve el árbol desnudo y oscuro, y en que el dolor del mundo y la incipiente penuria comienzan a apretarnos, quizá fuera bueno admitir los caminos estrechos de la naturaleza como enseñanzas valiosas para salir adelante.

lunes, 10 de enero de 2011

Óptica del sueño


Espectro visible tras la descomposición de la luz solar
En los sueños puede llegar a producirse el maravilloso efecto inverso del prisma: si en ellos se nos presenta un enigmático espectro vistiendo una adecuada gama de colores, al despertar en el otro lado puede que surja ante nosotros un destello de auténtica luz.

Hubo juicio


—Dentro de la confusión que rodea aún el caso, hemos oído en boca de la testigo, partícipe además de los hechos, auténticas desmesuras que estamos obligados a confirmar. Por eso es crucial que describa su versión a este tribunal con algún detalle. Y aprovecho para recordarle su sagrado juramento.
—Pues verá. Hubo palabras amables, gestos de cariño, creciente efusión entre besos y abrazos, escarceos por los pliegues, intenso roce y estremecimiento, un galope turbador, y un final entre la precipitación y la locura.
—¿Hubo entrega?
Absoluta.
—¿Hubo goce?
Mutuo.
—¿Hubo algún acuerdo, quizá económico, que deba conocer esta sala?
Sólo repetirlo para volver a gratificarnos, pero ese día ya no hubo más, señoría.
—¿Sabe a qué se enfrenta?
Creo que sí, pero nada temo; confío que su veredicto sea justo y soportable.
—Pues bien, este tribunal considera de justicia que pueda esta comunidad aprovechar y participar de sus singulares y confirmadas dotes eróticas por espacio de un mes. Con este fin quedará Ud. durante ese período a disposición del Departamento de Bienestar Público, donde ejercerá como asistente eyaculador en los tratamientos de goce terapéutico. Por esta tarea el Departamento le asignará y le librará los correspondientes emolumentos.


Del infortunio


Malo es vivir a merced de la fortuna, peor es no reconocerla.

domingo, 9 de enero de 2011

Entrevista a Dulacq



Por su interés y pese a su extensión recojo íntegra la entrevista que un colega universitario realizó hace algunos meses al profesor Dulacq.

«A la sombra de un enorme y frondoso castaño virginiano, tras pasear por los tránsitos y jardines de uno de los más prestigiosos campus estadounidenses, saludamos al eminente profesor Lancelot Dulacq, actualmente visitante en el Mathematical Advanced Laboratory (MAL) de esta universidad y del que pretendemos recabar su autorizada opinión sobre el difícil tema de la investigación. De sus numerosos trabajos puede decirse que abarcan un amplísimo registro, yendo de lo estrictamente simbólico (lógica, matemática, computación) a cuestiones más próximas a la filosofía y a la educación. Una mente, pues, transversal de la que podemos obtener, a buen seguro, las más agudas y precisas respuestas respecto al enfoque y los problemas que actualmente subyacen a la investigación.

—Profesor, seguramente lo primero que intriga al profano en estas materias tan áridas es que haya quien por gusto elija semejante dedicación.
—Sí, es cierto. Yo también tuve en su momento alguna oportunidad de ser útil en otras cosas, pero no la aproveché (risas).
—Supongo que uno no repara demasiado en que se encuentra a la vanguardia del conocimiento y puede que desde el MAL esto se afronte hasta con naturalidad, pero entonces ¿cómo entiende la actividad investigadora siendo uno de sus protagonistas?
—Hombre, yo puedo hablar de mi campo, que no es manejar vacunas con ratones precisamente. Quiero decir que la metodología determina el modo en que se entiende la investigación.
—Pero habrá algo que sea más o menos común, que sé yo, el modo y el momento en que se aborda un nuevo punto de vista y se inicia una línea de trabajo. En su área, en concreto, ¿dónde empieza todo?
—Quizá lo primero sea la intuición. En cuanto tienes una intuición la adoptas como una “razón para suponer” y como te tienta sentirte instalado en medio de una gran teoría, sales con ilusión a confirmar sus límites sin saber a ciencia cierta si dará para tanto e incluso si existe.
—O sea, que el detonante de la acción, que para mí (perdone) tiene aires de aventura, sería lo que solemos llamar una hipótesis de trabajo, algo que damos por válido para poder lanzarnos al análisis.
—Bueno, no exactamente. Porque cuando hablas de hipótesis das a entender que te apoyas en una afirmación encubierta, pero una afirmación en cualquier caso, algo que se podría enunciar. Sin embargo, no siempre es esa la situación. El punto de partida puede ser mucho más tenue, mucho menos sólido, así ha sido al menos cuando han surgido grandes teorías.
—Pero entonces, ¿cómo se completaría ese recorrido que va del punto tenue a la gran teoría? Porque eso de la ilusión me parece un motor de rendimiento un poco limitado.
—No lo crea. En estos contextos, tan escasos de emociones, casi diría que ascéticos, la ilusión es un resorte bastante poderoso, que se transmuta con facilidad en obsesión y que puede dar incluso en locura. Aunque estoy de acuerdo en que no es el único factor…
—¿Cuáles más habría, entonces?
—Hay una cosa bastante clara, prácticamente un requisito, y es la destreza para combinar con rapidez elementos simples, eso facilita enormemente la exploración y sobre todo la clasificación de las dificultades. Ahí entra el conocimiento de las formas con las que se opera, e incluso la impregnación que se tiene de ellas, y que las convierte en un código prácticamente lingüístico. Eso es justo lo básico, el dominio que se tenga de unos formalismos bien orientados.
—Sin embargo, según nos da entender, esa destreza formal no lo es todo, y apunta a que los formalismos deben estar bien orientados, pero ¿a qué se refiere con esa misteriosa orientación?
—Procuraré evitar misterios o tecnicismos. Mire, así como la construcción de los formalismos y la facilidad de uso del lenguaje dependen de la potencia de retorno, o de expansión teórica, implícita en la suposición de partida cuando se siguen los caminos de la lógica, lo que llamo orientación actúa de manera un poco distinta.
—¿En qué sentido?
—El propio hábito de trabajo nos hace ir a los formalismos que parecen pertinentes y reconocer con cierta precocidad los que no los son. A eso me refiero cuando digo que uno sigue cierta orientación.
—Pero en esa orientación, que parece viene a ordenar los dos polos, si entiendo bien, ¿qué pesaría más el objetivo fijado de llegada o ese punto tenue de partida? Permítame llevarlo al terreno de la analogía, ¿cuál actúa como ánodo y cuál como cátodo?
—Si le digo la verdad ambos suelen resultar más evasivos que atractivos o repulsivos. Uno simplemente tiene la sensación de que avanza y si va dejando atrás problemas con los que otros fracasaron, lo toma como un signo esperanzador.
—Creo que fue un matématico, Hadamard (corríjame si me equivoco), el primero que puso el acento en este asunto de la intuición en psicología de la invención y de la importancia del sueño como fermento de nuevas ideas.
—En realidad habría que remitirse a Kant, que es el primero que le da fuste filosófico a la intuición matemática, es decir a la intuición del espacio y el tiempo. En fin, sin entrar en profundidades yo iría a ese fermento del que hablaba. No veo claro que de ese fermento onírico surjan espontáneas y enteras las ideas. Lo que suelen surgir son cruces insólitos entre distintos ámbitos del pensamiento, o sea metáforas.
—¿Quiere decir que la metáfora juega un papel importante en la investigación?
—En algunas decisivo.
—Guardaría entonces relación con la creación literaria…
—No me he planteado la escritura creativa, pero en lo que cuentan los escritores veo aspectos que me resultan familiares. El más significativo el impulso que el creador recibe de la metáfora y que todo el mundo experimenta como una especie de viento vivificador.
—Volviendo a lo que dijo al comienzo, a propósito de la primacía de la intuición, ¿qué relación mantendría ésta con las metáforas científicas?
—El término que mejor puede mostrar cuál es la naturaleza de esa relación lo acuñó hace ya unos años un perspicaz crítico literario, George Steiner si mal no recuerdo. Pues bien, Steiner venía a hablar de la intuición de manera similar a como yo lo hacía, es decir situándola en el centro de la creación, y subrayaba más concretamente su naturaleza epifánica. Pero en su discurso iba incluso un poco más allá que yo al fiar el desarrollo creativo a lo que llamaba una metáfora de trabajo. Creo que esta idea tiene grandes virtudes. Ha resultado ser productiva y se ha comprobado además que puede ser extensiva a cualquier campo, con ventaja respecto a la idea algo más restrictiva de hipótesis de trabajo.
—Quizá hayamos dado, pues, con el meollo del proceso de investigación.
—Será difícil saberlo, pero animo desde luego a practicar el uso metafórico.
—Podríamos entonces concluir que en la metáfora tenemos algo así como la llave de la creación.
—Bueno, esa sería ya una metáfora de segundo orden, una metáfora sobre la metáfora, y además habría que contar con Dios…(risas)
—Gracias Milord, esto… perdón. Gracias profesor».


sábado, 8 de enero de 2011

Tardes de creativo



Nadie puede negar que muchos de los adagios, sentencias y refranes viven una segunda vida, mucho más exitosa, al ser empleados como lemas comerciales. En la parte literaria los llamados creativos no lo suelen ser tanto y el saqueo de las fuentes musicales y literarias sin copyright, y a veces hasta con él, es bastante escandaloso. Prefiero no recordar la cantidad de veces que me han hecho oír el Requiem de Mozart en escenarios disparatados bajo el patrocinio de alguna marca puntera.

Para invertir el curso habitual, el que parte de la mercancía y escoge la frase, propongo un inocente juego. Ofreceré gratis una frase pegadiza, aunque no sé si muy sabia, y a continuación me preguntaré qué tipo de objeto sería el idóneo para realzar su mensaje de fondo. Aquí va el lema: «Si llevas lo clásico llevas lo básico». Dicho está, y ahora vamos a ver, ¿qué chisme podría encajar con ese reclamo? La solución está abierta a toda la red insondable, pero me ha parecido oportuno ofrecer una gama de posibilidades, lógicamente cercanas al interés comercial.
a) una hoja de parra                 b) el Organon de Aristóteles
c) agua de Colonia                    d) una boina
e) un órgano sexual en regla      f) un mechero


viernes, 7 de enero de 2011

Mínima 31


No siendo perfectos, la verdad apenas nos dignifica, más bien nos ridiculiza.

Líneas de defensa


Diseño de plaza abaluartada
Cuando el pensador áulico en su mansedumbre soberana se confiesa, todo suena a excusa. Sale a primera línea de defensa a adornarse, alegando la necesaria flexibilidad para sus posturas, pero con razones tan fluidas que merecerían ser derivadas al desaguadero. Esa de la flexibilidad junto con otras libertades, muy fáciles de sobrellevar cuando abrigan el lomo, le permiten recular y plantarse cómodamente en una segunda línea defensiva. Así parapetado, no tarda en dar muestras de que excluye cualquier juicio de los hechos que inspiró, con alusiones insistentes a infundios y falsas acusaciones, poniendo siempre lo que pensó, y quizás dijo, por delante de lo que hizo. Al amparo de esa facilidad para la expresión ancha, es normal que el pensador venga a hacerse fuerte y a ganar sitio para su defensa tras la última línea. Desde ella buscará ante todo zafarse de críticas, con astucias dialécticas como tachar de burdos «esos intentos críticos de malentenderme» o de torpes «todas esas comparaciones con autores infames». Pero cuando el público insistente se impone, caen las últimas defensas, llega el cara a cara y los acontecimientos se precipitan. En voz bien alta un lector le llama fatuo a quien se tenía por un espíritu manso, y éste airado le embiste; en el tumulto llaman otros falsario a quien se veía como sublime pensador, y éste espantado lo piensa, y siguiendo en su línea defensiva repiensa que urge abandonar palacio, si nada queda de sus torres y capillas, si nadie acepta por escrito sus disculpas.


jueves, 6 de enero de 2011

Adiós a la magia pagana


Los magos de Oriente con su gorro frigio
Mosaico de S. Apollinare Nuovo (s.VI), Ravenna.
Lo de los tres reyes magos tiene su enjundia. Que fueran tres nadie lo pone en cuestión, sobre todo porque es irrelevante. Que fueran reyes es un modo de elevar al niño a su mismo rango y de sugerir desde su nacimiento su condición de mesías. Sin embargo, que fueran magos es una declaración que tiene múltiples derivaciones. De entrada en otras lenguas, en inglés por ejemplo, se habla de reyes sabios, en una referencia de parecido tono al de los siete sabios griegos. No es exactamente lo mismo magos que sabios. Los magos son en origen los sacerdotes del culto a Zoroastro. Hablamos de la religión de los antiguos persas, una religión no del todo extraña al judaísmo, que al fin y al cabo vivió en cautividad en Babilonia. De ella perviven en el cristianismo, entre otras cosas, la firme contraposición entre el bien y el mal, la creencia en ángeles y demonios como sus agentes, y de un modo más anecdótico algunos aspectos rituales. En su territorio original fue desplazado por el culto solar a Mitra, de gran difusión en todo el oriente del imperio romano, y uno de cuyos atributos sacerdotales sería el gorro frigio que portan los magos en algunas representaciones.

La imagen de estos magos rendidos a los pies de la encarnación del nuevo judaísmo, puede ser percibida como el traspaso de la legitimidad divina. Ahí hace pie la interpretación cristiana, con los reyes ofreciendo simbólicos tributos a Jesús como encarnación del dios superior. Se hace también notar a los más críticos la presencia en esa estampa de los más antiguos creyentes y sabios de Mesopotamia, que acuden, siguiendo sus arcanos astrológicos y el comportamiento de una estrella errática, a ser testigos de un acontecimiento astral, cuyo origen atribuirán a la naturaleza divina de un recién nacido. Sin embargo, y a pesar de las palabras que Mateo pone en sus labios («Hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle»), todo el escenario parece más cercano al relevo de los magos en sus saberes y deberes como mediadores ante el cielo, que a mostrar una adoración propiamente ritual. Aplicándole al episodio un giro premonitorio se puede ver en él a la antigua y desacreditada ciencia de los astros cediendo paso a esos nuevos horizontes de fe. De la escena se podría también colegir la conversión del firmamento estelar en el cielo divino, un cielo sometido al dominio de una estrella y una fe únicas, a esa verdad suprema y absoluta que sobrevuela nuestras miradas inquietas y ahoga nuestras mentes curiosas.


miércoles, 5 de enero de 2011

Guardianes del vacío



Los ritos de paso de las distintas culturas muestran tantas semejanzas que reflejan una estructura casi geométrica y pueden ser vistos como una especie de invariante antropológica. Creo que Lévi-Strauss hubiera suscrito ese credo. Yo, por mi parte, sólo intentaré aquí actualizar las pruebas. Hoy el diseño de las nuevas versiones corre por cuenta de gabinetes de aventados escapistas y videntes proféticos. Aunque su lenguaje rehuye la tradición religiosa no faltan mundos invisibles y paralelos, alzados esta vez sobre un andamiaje hermético, pretencioso y terriblemente pedante en su deseo de lograr efectos poéticos. Con el titulo de «La senda del héroe sublime» la asociación «Acrópolis celestial» describe en tintadas conceptuales muy confusas los pasos de un renacimiento espiritual a todas luces fallido. Veamos:

«En el programa de módico precio se propone como fórmula de convocatoria sinérgica el tratamiento básico de vigorización mental. En él conviene que el obcecado [léase el pagano] fuerce primero una oclusión de las fuerzas negativas y pase a iniciarse con una sesión de navegación sensorial exhaustiva. Para ello deberá regresar a sí mismo hasta conseguir un estado de recogimiento profundo. En ese momento se podrá ya deslizar sin temor alguno por el túnel de los deliciosos tormentos, donde tomará el pulso a la tentación y conciencia plena de su cautividad sensitiva, traspasando así el umbral exigible a un héroe sublime.

Cuando aleje esos caducos afanes corporales creerá ingenuamente que ha logrado despojarse del mundo exotérico en beneficio del esotérico. Pero el nivel de juego propio de un héroe exige algo más, un lento proceso de activación agonal encaminado a adquirir aquellas destrezas indispensables para competir con uno mismo y para modular a fondo el sufrimiento.
El salto a la heroicidad llegará al final de ese proceso, una vez que el obcecado haya madurado su conciencia cósmica tras ese período oscuro de absorción de la carga vitalizante. Sabrá que está a punto de llegar su despertar y dispuesto para el salto cuando le sobrevenga un gran temor y comience a sentirse internamente sobrecogido. Entonces con la fuerza del tormentoso trueno le sacudirá de repente una gran explosión emocional y al instante verá sus sentidos abrirse a la nueva y más perspicua sensibilidad.

De nuevo solo y frente a sí mismo, irá reconociendo y verá confirmados de uno en uno sus nuevos y heroicos poderes. Ese encuentro con el cuerpo elíptico lo arrastrará definitivamente fuera del espacio tridimensional hasta sumergirlo en una suerte de inducción extática. Ahí tendrá la sensación de que todo lo sucedido en el transcurso anterior le resulta críptico, de que todo ese devenir hacia las luces se resume en un intrincado criptograma. Lo sucedido, sin embargo, es típico de la elevación energética recién alcanzada, de la metamorfosis de aquel obcecado humano, poseído por un espíritu novicio y finalmente transmutado en héroe cósmico, en agente de lo sublime y en esforzado guardián del vacío.»

Hasta aquí la fórmula para acceder a la Acrópolis Celestial en calidad de guardián del vacío. No es probable que Lévi-Strauss hubiera validado esta abstrusa ceremonia como rito de paso, traslado o emancipación a ningún grado, estado o especie en ningún clan, tribu o nación de las hoy aún conocidas. Pero tampoco creo que sintiera ver conculcada en lo fundamental su estructura, pese a que aquí ya sólo la cubre una faraónica mortaja lingüística.


martes, 4 de enero de 2011

Esfuerzo y respeto


Pasó con el rock y también con otros géneros de música  que hoy copan los medios de difusión audiovisual. La década de los 60 fue sin duda un período de eclosión de nuevas ideas y de afortunada revitalización de tradiciones anteriores, pero lamentablemente a ella no sobrevivieron los más sensibles ni los mejor dotados, y puede  incluso que el espíritu de aquella época se vaya con ellos. Por supuesto que oímos todavía a Bob Dylan y que le damos continuidad en Bruce Springsteen, y azuzados por los medios lo hacemos además en comunión, con gran arrobo y hasta con boba unción. Pero ¿quién se acuerda hoy de Gordon Lightfoot?

Ilustración al pastel de Ian Wallace para el libro
Gordon Lightfoot: Canadian Railroad Trilogy: Children's Book (2010)
También yo lo había olvidado, hasta que a final de año apareció un libro que rememoraba una de sus grandes canciones. Por lo que leo, Canadian Railroad Trilogy tiene para muchos canadienses algo de cantar de gesta. A falta de héroes visibles, el cantar rompe con el esquema de las epopeyas antiguas. Hay también otros detalles que suplen con mérito similar aquellas grandezas, a veces algo huecas. Aquí el territorio parece vertebrarse en torno al ferrocarril y a través de ese proyecto cobra vida el trabajo, la solidaridad y el entendimiento de las gentes que llegadas de medio mundo habitan en su estela.

Trabajadores chinos abriendo camino al Canadian Pacific
Railway
por las montañas hacia British Columbia, Ernest Brown (1881)
Al hablar de trabajo solidario, al hablar de territorio fecundado, no se oculta que hubo explotación y saqueo, se pretende hablar de la peripecia y del esfuerzo personal allá donde hubo respeto. Entender esto es hoy necesario: esfuerzo y respeto. Esfuerzo por respetar y respeto por el esfuerzo. La canción habla de esto y por eso tiene para la gente de hoy un desafiante aire de gesta. Aquí el lightfoot que la interpreta no es Aquiles sino Gordon. Mejor que así sea. Aquiles nunca le hubiera dado al cantar ese aire de cuento con el que empieza:

There was a time in this fair land when the railroad did not run
when the wild majestic mountains stood alone against the sun



Canadian Railroad Trilogy, Gordon Lightfoot
Del album The Way I Feel, 1967.


lunes, 3 de enero de 2011

Nota del administrador


Después de un año de perseverante cita con el Almanaque de breves, el amigo AMM renuncia a su puesto que pasa a manos de un nuevo y prometedor redactor, cuya firma aparece en el perfil lateral desde comienzos de año. Se trata de un muchacho al que últimamente le venía siguiendo de cerca y del que me han llegado además los mejores informes. Aunque un poco errático y caprichoso en su temática, consigue hacer la faena sin demasiado ruido. «¿Tiene gancho?» me preguntan los incondicionales. Hombre, si gancho son lectores, no traerá muchos. Pero ya les digo, que al menos es de escritura aseada. A mí me basta con ver las inquietudes literarias que el chico tiene y las ganas con que busca hacerse un futuro en esto.

Como es natural lo primero que hice fue ponerle al tanto del código de funcionamiento de este almanaque. Tiré de cartilla y le hice el obligado comentario acerca de la alta responsabilidad a la que había elegido enfrentarse. Ahí ya empezó a dar alguna muestra de extrañeza y al detallarle los deberes lo vi sorprendido y hasta algo humillado. Acabé la plática en tono de excusa con un «creí que era necesario, y desde luego te será útil». Me miró entonces condescendiente, pero añadió con sorna: «No creo que se me haga raro. Conozco bien a AMM y el almanaque lo tengo visto desde el primer día». La respuesta me dejó escamado. No me gustaron nada, como administrador, esos modos de petulante sabelotodo, así que me pareció oportuno bajarle un poco los humos y recordarle que de momento escribe como meritorio.


Pueblos irredentos


Los tímidos albergan de siempre una identidad emergente y bastante intransigente, como hijos de una gran nación empeñada en su definitiva pero ilusoria emancipación.

domingo, 2 de enero de 2011

Del júbilo bien compuesto


No hablemos aún de muerte sino de retirada, ni de nuestra época sino de nuestra generación, y, apelando a la actualidad, hablemos de dignidad en vez de recuerdo, porque la muerte de nuestra época quizá merezca ser recordada, aunque está por ver si da para tanto, pero más probable parece que el futuro vaya enterrando a nuestra generación sin demasiada estridencia y en lo inmediato parece seguro que su retirada de la escena pública, con sus estirados privilegios y sus amargas hipotecas, no tendrá nada de digna ni de discreta ni de generosa, ni tampoco de memorable.

Gestos de la mano


Caligrafía de Hassan Massoudy
Decir que el pudiente e industrioso Occidente ha perdido en cierta medida tacto, sensibilidad y destreza en sus manos, a cuenta de las apremiantes y aburridas obligaciones que les impone, es una afirmación tan general que reclamaría algún tipo de encuesta o examen. No obstante, hay algo fácil de observar: los que llegan de otras latitudes siempre nos enseñan en este dominio. Al no haber mayor interés en aprender, nuestra relación con ellos, fuera de lo estrictamente laboral, suele iniciarse con una reacción de suficiencia: me viene éste a enseñar lo que por aquí hacíamos hace 5, 10 o 30 años y en lo que ya nadie se molesta. Si la relación sobrevive a ese gesto y la curiosidad nos lleva a volver la vista, puede tenerse por seguro que dará juego. Muchas serán las novedades llegadas a través de conocimientos, costumbres, platos o vestimentas, pero pasarán como una moda. Las que de verdad importan nos revelarán una forma nueva de sentir y puede que cambien el modo en que vemos las cosas.

Mira uno hacia Oriente, a través de sus esforzados peregrinos, y puede redescubrir la escritura como un arte. Un arte que nunca nos parece nuevo sino olvidado, un modo de hacer creativo que rompe el rígido y amanerado protocolo caligráfico occidental. Hablo de lo que se logra a mano, no de la constelación de tipografías creadas para el ordenador. Y hablo de lo manual porque ahí se descubre el nervio y la finura de un estilo, algo imposible de entrever en un abecedario de diseño. Entre nosotros la perpetuación de un estilo de escribir propio pronto se dará por perdida. No deja de ser una cruel ironía que afinemos en nuestra identidad y creamos avanzar en nuestras metas personales, mientras dejamos atrás provincias enteras sin explorar. Sin tanta comezón tecnológica, otros se valen de la pluma, el cálamo y el pincel para dar a la palabra nueva expresión y profundidad. Antes completábamos ese truco acompañando las palabras con cadencias musicales. Hoy carecemos de cultura caligráfica y apenas escuchamos música en lo que decimos. Nos limitamos a ganar significados a fuerza de perífrasis y circunloquios, o intentando competir con las imágenes directas.
Caligrafía de Hassan Massoudy
Pero las palabras también tienen su propia imagen, siempre claro que se intente. He aquí el intento emprendido por el iraquí Hassan Massoudy, en el que las formas caligráficas parecen haber alcanzado nuevas cotas. Sin renunciar a la tradición abstracta islámica, sus caligrafías caminan hacia un grafismo más plástico y abierto. Subsisten en ellas algunos fundamentos clásicos: La unidad de trazo que les da vigor, un uso estricto del color que impone sus códigos y ese esfuerzo formal encaminado a darle rango ritual y proyección moral a la palabra escrita. El punto de partida son sentencias, proverbios y apotegmas de distintas épocas, pero el punto de llegada queda plasmado en una creación visual que al occidental le resulta insólita, y quizá por eso generalmente seductora.