jueves, 18 de marzo de 2010

El almanaque


En teoría, en un almanaque cabe tanto la información del día como retazos más o menos literarios tocantes a cualquier otra cuestión. La tradición manda que sea el calendario del año el esqueleto vertebrador de todo el conjunto, porque la medida del tiempo siempre se ha visto como el medio más eficaz para organizar y dirigir las tareas humanas. Esta vocación utilitaria está en el origen de su difusión y popularidad, pero el almanaque siempre mantuvo además una velada intención pedagógica. Articulado en torno a los días, el almanaque debe cubrir el año paso a paso a partir del primero de enero. Toma algo de la literatura de cordel, antes de verse suplantado por los periódicos diarios.

A la posición correspondiente de cada día en la semana y el mes se le suele añadir información astronómica simple, como los horarios del Sol y de la Luna, y en ocasiones los de las mareas. Es frecuente completarla con el santoral del día y, en la actualidad, con el Día Internacional del tema que toque. A partir de ahí la información puede ser todo lo amplia y variada que se estime oportuno. Lo primero que conviene mirar es al destinatario, y es que nunca pretendió ser lectura de gente ilustrada. Más normal es que sus hojas cubran aspectos y fechas de interés para ciertos oficios o empleos. No se escatimará espacio a los pronósticos del tiempo por venir, tanto de meses como de estaciones. A veces las previsiones anunciarán la calidad de las cosechas, en otras se atenderá lo que mejor sirva al ganado.

En las efemérides importantes se aprovecha para fomentar el espíritu, sea religioso o patriótico, con letras de himnos o canciones, mientras que en los días menos señalados el espacio se rellena con información de utilidad pública e incluso con algunos textos literarios. Abundan entre estos los breves, en forma de máximas o adivinanzas. En otras ocasiones son chistes y anécdotas, rara vez relatos, más bien cuentos siempre que sean cortos e instructivos. Todo esto es lo más común, pero hemos visto incluir en los almanaques hasta planos e instrucciones para el uso de maquinaria.

Atendiendo a estos principios, que son los tradicionales, no creo que mi propuesta desentone del todo. Es verdad que no me veo competente para dar la nota en agricultura, en ganadería y en muchos de los oficios, por no decir en todos. Con el santoral también soy parco, un poco menos quizá con la astronomía. Pero, a cambio, entiendo en un sentido muy lato eso de la utilidad pública. Por eso, en cuanto veo ocasión, aprovecho para ampliar y mejorar el repertorio de utilidades, con cierta predilección por las naturales y filosóficas. Tampoco me interesa coger de todos los palos y de todas las ramas. Al final lo que más me interesa es que a base de trenzarlas dé buena sombra la enramada. Y poder seguir a su abrigo, frente a mi teclado, el curso a los días dando la nota breve, por ver si sale algo útil de tanta elucubración aparentemente inútil.


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