lunes, 14 de junio de 2010

Mañanas frías en el Gólgota


No podríamos exhibirnos como hijos de una cristiana Jerusalén sin tener un Gólgota digno de nuestras convicciones, un Gólgota amurallado donde acogotar a los impíos. Lo sabíamos, pero ahora lo sabemos mejor, porque salen a la luz las calaveras de ese calvario, y hasta el osario completo de los humillados allí arriba. Olvidados también se ha dicho, porque decir ajusticiados sería transigir donde no hubo justicia alguna. A falta de los que enmudecieron, quedan como testigos mudos los mondos huesos, que poco a poco van apareciendo alineados al pie del presidio. Juntos como en una parada de cadáveres, en perfecta formación yace y nos saluda el batallón de penados extintos. Un saludo emocionado a nuestro futuro en su último y triste adiós. Ayer fue también día de exhumación, y ya van más de cien. Llamamos a esto cementerio para rescatar también esa fraternidad perseguida y sepultada, pero no es propiamente tal. Aquí el viento frío a nadie acoge y el silencio, sin huellas ni lápidas, abruma. Todo en este Gólgota se ha acabado revelando sombrío y vidrioso, aunque lleno también de facetas. Aquel fuerte, erigido sobre sus propias sombras, que tenía por caronte a San Cristóbal, hoy se arruina. Un pasado que parecía opaco aflora con los muertos, en esas botellas que todos y cada uno guardaban con una nota y su nombre a recaudo entre sus piernas. Y a medida que se van abriendo, surge un genio cada vez más poderoso que despierta de su letargo y que cumpliendo nuestro más vivo deseo nos los trae de nuevo a la memoria.

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